Aquel domingo de mediados de agosto Jeff Smith había estado haciendo ejercicio en el sótano de su casa. Subió a la cocina para beber un poco de agua... y ya no recuerda nada más. Su mujer lo encontró inconsciente en el suelo, entre cristales. «Me oyó dejar caer el vaso. Al no escucharme decir ninguna palabrota, se preocupó», bromea sobre el paro cardíaco que sufrió hace tres veranos. Los médicos le contaron después que, por culpa del ataque, el suministro de oxígeno a su cerebro se había interrumpido momentáneamente y que, desde un punto de vista clínico, había estado muerto durante unos instantes.
Por suerte, el creador de la saga fantástica Bone y leyenda de la novela gráfica se recuperó por completo. Lo primero que hizo al salir del hospital y reabrir su estudio fue dibujar un par de portadas que tenía pendientes. Justo ahora, también en agosto y casi a modo de revancha por el sustazo de 2023, Smith (McKees Rocks, estado de Pensilvania, 66 años) recibe el homenaje de la industria y el gremio de los comiqueros con el Milton Caniff Award, el reconocimiento a toda la carrera profesional que entrega la asociación de historietistas más importante del mundo (la National Cartoonist Society estadounidense) y que en el mundillo del tebeo equivale al Oscar honorífico.
«Todavía me cuesta creer que los monigotes que dibujaba desde los cinco años hayan llegado a tanta gente», admite por videollamada desde su casa en Columbus (Ohio), que alterna con otra en Cayo Hueso (Florida). «Cuando los garabateaba de niño no se los enseñaba a nadie. Eran pequeñas historias que hacía para mí y a las que siempre volvía. Probé con otros personajes, pero siempre regresaba a ellos... ¿Qué puedo decir? Todavía me siguen acompañando», cuenta a propósito de los protagonistas de una de las aventuras en viñetas más populares del último medio siglo: las de los primos Bone, traducidas a 30 idiomas. Y dirigidas a jóvenes... pero disfrutadas igualmente por adultos.
¿Qué tipo de peripecias presentan unos blasillos calvos, narigudos, piel tan paliducha como la del fantasma Casper y archienemigos de unos bichejos a los que llaman mostrorratas? «Mi definición estándar es El señor de los anillos mezclado con Bugs Bunny. Imagínatelo a éste dándole un gran y húmedo beso en la boca a Aragorn y tendrás la idea básica», relataba el autor a este periodista hace dos décadas en los bajos del desaparecido Madrid Cómics. «Esa sería una forma rápida de explicarlo, pero hay algo más. Como sucede con la clásica búsqueda del héroe, al principio parece algo sencillo pero luego se complica».
Astiberri Ediciones, que presentó entonces la edición en castellano y a color del primer volumen de Bone, publicó las sucesivas entregas –una docena en total– y acercó a los lectores españoles otros títulos de Smith, como la serie de ciencia ficción RASL (2010-2012), pone en circulación ahora un chimpún inesperado: Bone. Los scouts y las mostrorratas. El álbum no extiende el universo de inspiración medieval más allá de los límites conocidos, sino que recupera a todo pantone La historia perdida de Big Johnson Bone.
«La trama está cerrada. Ya no tengo tiempo para ampliar la saga con secuelas ni precuelas. He escrito un par de historias cortas en torno a sus márgenes, pero sólo, como digo, porque me gusta dibujar los personajes», especifica. El caso es que este Bone y, sobre todo, el premio Milton Caniff, que lleva el nombre del mítico creador de Terry y los piratas (Dolmen Editorial), devuelve a Smith frente al foco mediático, en el que no se ha prodigado mucho, que se diga.
«Conocí a Milton en persona y estuve con él un par de veces o tres», revela. «Estudié en la Universidad Estatal de Ohio, la misma que él, y en la planta baja de la Facultad de Periodismo había una habitación diminuta en la que guardaban sus papeles. Ese fue el origen de la Biblioteca y Museo de Caricaturas del centro, que ahora es enorme. Cuando yo iba por allí, me dejaban sacar los dibujos originales de los cajones y tenerlos en mis manos, sin guantes ni mucho control, algo que ahora sería impensable. Sus líneas a lápiz y a tinta eran suaves. Las veía y pensaba: ‘Tengo que aprender a hacer esto'», comparte alguien que se ganó la admiración –palabras mayores– de colegas como Will Eisner (The Spirit), Frank Miller (Sin city) y Matt Groening (Los Simpson). La revista Time incluyó a Bone entre las 10 mejores novelas gráficas de todos los tiempos.
Aunque es sabido que Smith estudió concienzudamente las teorías de Joseph Campbell para entender el mecanismo del mito, la pregunta es pertinente: ¿le resultó difícil encontrar equilibrio entre humor y épica? «No tuve ningún problema en mezclar El señor de los anillos con Bugs Bunny, sentía que podía hacerlo. Lo que intenté fue crear una historia en la que pasara algo imprevisto: que Bugs Bunny fuera herido», subraya. Astiberri la promocionó a principios de siglo como «la increíble saga de un héroe involuntario que deberá salvar un idílico valle de las fuerzas del mal».
Bone ha tenido muy buena suerte con los lectores de medio planeta... y malísima con los responsables de las grandes productoras y los gigantes del streaming. Smith, de la mano de su propio sello, Cartoon Books, firmó con Netflix en 2019 un contrato para la adaptación de la saga como serie de animación. La pandemia y la reestructuración del departamento tras un desplome bursátil histórico el 20 de abril de 2022 (54.000 millones de dólares perdidos, el 35% de su valor) enviaron el proyecto a la papelera. Ningún estudio ha mostrado interés por recuperarlo.
«Ya he perdido el interés. Quería que al menos fuera una película, pero ya me he resignado. Bone siempre ha acabado en las manos equivocadas», lamenta.
A lo que no se ha terminado de acostumbrar es a que su obra más importante sea leída en clave política o esotérica. Y, en consecuencia, vetada. Como si en la gran carrera de vacas o la cueva del anciano –dos escenarios de las correrías del trío de primos Fone, Phoney y Smiley– se escondiera un mensaje incómodo.
«Bone ha sido uno de los libros más censurados en EEUU. Lo sé, es ridículo, ¿verdad? Ven algo en él que no aprueban. Pues que se jodan», estalla quien durante cinco años colaboró con el Fondo de Defensa Legal del Cómic precisamente para reivindicar la libertad de expresión. «En mis cómics no promuevo ninguna idea política. Sólo pongo en valor la amistad», rechaza. Aunque no tiene problema en posicionarse: «Soy optimista: Trump se irá pronto y volveremos a ser estadounidenses. Es un desastre».
Smith se afana ahora en otra saga monumental, Tuki (sin traducción al castellano), que se remonta al descubrimiento humano del fuego. «Quiero hacer seis volúmenes. Ya he publicado dos y estoy con el tercero. Cuando termine los que me faltan, me retiraré», anuncia. ¿Y la IA generativa? «Me aterra. Me repele la idea de que un ordenador haga arte».