El alma de Europa, la de las libertades, la democracia y el Estado de derecho, está en riesgo. La dependencia de Estados Unidos, las inseguridades defensivas y comerciales, el auge de la ultraderecha y los hipernacionalismos o las tensiones económicas domésticas han llevado a la Unión a un punto de inflexión en el que tiene que definir qué es y qué no es, qué quiere seguir siendo y qué se deja por el camino.
En estos días en que vuelve el curso político a Bruselas, dos artículos se han viralizado sensiblemente en el mundillo político, sacando el debate a la palestra. Uno, en casa, del consultor Iván Redondo, exdirector del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez, explicaba en La Vanguardia que nuestro país representa el último gran bastión de la socialdemocracia europea frente al avance de corrientes autoritarias, cuando la Unión Europea está siendo presionada para abandonar su dimensión social y convertirse en una mera "fortaleza" orientada al control de fronteras y los intereses económicos. La crisis en la frontera entre Ceuta y Marruecos es el mejor ejemplo.
El otro, de eco global, publicado por el Financial Times y firmado por la especialista en relaciones atlantistas Amy Mackinnon, expone que la nueva derecha estadounidense, el movimiento MAGA que lidera el presidente Donald Trump, ya no considera a Europa simplemente un aliado estratégico, sino un campo de batalla ideológico donde se juega el futuro de la civilización occidental. Por eso, Washington alimenta extremismos.
Como expone un lúcido análisis publicado por Paweł Zerka en el European Council on Foreign Relations (ECFR), la Unión Europea está atravesando una auténtica "crisis del cuarto de siglo", de mediana edad. Se trata de un momento histórico marcado por una vulnerabilidad extrema, una autoconfianza gravemente herida y una acuciante necesidad de reinventarse para mantener su esencia y sus valores (como la equidad social, la democracia y la ambición climática) sin sucumbir a las presiones de un orden global cada vez más hostil. "La UE está atravesando una crisis de cuarto de siglo, que es, ante todo, un momento de autoconfianza herida (...), a medida que las acciones de líderes impredecibles dan forma a un entorno global cada vez más volátil", escribe el investigador principal de Políticas del tanque de pensamiento.
Este cruce de caminos, esta disyuntiva vital, no es un accidente repentino. Como detalla Isabel María Álvaro Alonso para la Fundación Telefónica, el bloque ha sufrido una "pérdida silenciosa de relevancia". Durante años, bajo la reconfortante y cálida manta de sus valores fundacionales -el estado de bienestar y la cooperación multilateral por bandera-, la cuota de Europa en el PIB mundial se ha ido reduciendo inexorablemente, mientras su influencia geopolítica se erosionaba en silencio.
Ojo al 'statu quo'
Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, el investigador Joseph de Weck, del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, traza un paralelismo devastador con la famosa novela de 1958, El Gatopardo (Il Gattopardo), de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La clase política y las élites europeas actuales, expone en The Guardian, se asemejan dolorosamente al melancólico Príncipe de Salina. Suspendidas entre el dolor por un pasado glorioso y la complacencia del presente, estas élites parecen haber aceptado una estrategia de "declive gestionado". Están dispuestas a hacer concesiones constantes, se duele con tal de aferrarse al statu quo un poco más de tiempo.
Creyendo ciegamente en la superioridad moral de su modelo, basado en un orden democrático estable, un capitalismo domado y una alta cultura refinada, han ignorado que el mundo a su alrededor estaba mutando drásticamente, se duele el analista, entre Zúrich y París.
Esta política del avestruz ha tenido consecuencias geopolíticas nefastas: los países europeos se permitieron el lujo de volverse completamente dependientes de Estados Unidos para su seguridad, de Rusia para su energía y de China para su producción industrial. En el ámbito tecnológico, por ejemplo, la complacencia ha sido igualmente letal. La gran brecha de productividad frente a EEUU se explica, en su inmensa mayoría, por el rezago europeo en el sector digital.
Según subraya Álvaro Alonso, la innovación en Europa sufre un mal crónico: la incapacidad de comercializar nuevos avances, los interminables obstáculos para escalar startups y la alarmante fragmentación de la financiación. El ejemplo histórico es formidable: en los años 2000, la compañía europea Nokia reinaba de manera absoluta en el mercado global de la telefonía móvil. Sin embargo, la irrupción del iPhone en 2007 borró del mapa a los gigantes del continente, mientras que las empresas asiáticas sí supieron adaptarse, integrando innovaciones con rapidez para crecer exponencialmente. Europa, simplemente, se quedó mirando. Y ahora llevamos otra cosa en los bolsos y bolsillos. La complacencia es el anestésico que precede a la irrelevancia, se dice, y hay quien teme que Europa haya confundido la estabilidad con la parálisis.
Esta misma parálisis amenaza con repetirse en nuevos frentes en este año, que pueden parecernos secundarios, pero están lejos de serlo. Según un informe de Carnegie Europe, hay un tema crítico que Europa está ignorando bajo su propio riesgo: la seguridad espacial. El espacio ya no es la última frontera de la exploración, sino una infraestructura crítica indispensable. Aunque la UE reconoce vagamente los peligros, su transición estratégica hacia la autonomía espacial avanza a un ritmo tan exasperantemente lento que corre el riesgo inminente de quedarse estratégicamente "ciega" si estalla una crisis grave este mismo año.
La obsesión del universo MAGA
Los problemas de Europa no sólo surgen de su situación interna. Al otro lado del Atlántico, se está gestando una ofensiva ideológica sin precedentes. Según el Financial Times, la administración de Trump y el ecosistema Make America Great Again han declarado una guerra cultural abierta contra el continente. Lejos de la tradicional alianza transatlántica, los funcionarios estadounidenses se ven a sí mismos en una misión mesiánica para "salvar la civilización occidental" de un continente al que consideran su cuna, pero que, a sus ojos, está en plena decadencia.
El diagnóstico que hacen desde Washington es brutal. Argumentan que la migración masiva, las restricciones a la libertad de expresión y la cesión de soberanía nacional amenazan no solo la relación transatlántica, sino la idea misma de Europa. Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, el think-tank ultraconservador que delineó la agenda del segundo mandato de Trump, lo resume sin tapujos: "No salvaremos a Occidente si Europa no se pone las pilas". Roberts afirma llevar dos décadas preocupado de que Europa esté cometiendo un "suicidio civilizatorio". Para él, la civilización que defienden tiene 3.500 años de antigüedad y traza una línea directa que pasa por Jerusalén, Atenas, Roma, Londres y, finalmente, Filadelfia. Basándose en esta premisa de que Europa necesita ser salvada de sí misma, la administración estadounidense no ha escatimado en recursos.
El vicepresidente JD Vance, por ejemplo, llegó al extremo de hacer campaña por Viktor Orbán, el exprimer ministro de Hungría y faro de la derecha ultra del continente, justo en la víspera de su derrota electoral.
Desde el Departamento de Estado, se han destinado millones de dólares en subvenciones para grupos europeos afines que buscan combatir la "censura" y desarrollar "lazos civilizatorios" con EEUU, insiste la información. Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca, defendió en público que el presidente ha advertido con razón a otros líderes de que la civilización occidental seguirá erosionándose si no cambian el rumbo rápidamente. Cuando la diplomacia se convierte en una cruzada moral, los aliados pasan a ser vistos como herejes que necesitan reeducación, parece.
Sarah Rogers, subsecretaria de Estado para la diplomacia pública y una de las críticas más feroces de Europa, niega que busquen pelea por pelear. "No es porque el pueblo estadounidense [...] esté interesado en el conflicto con Europa por el conflicto en sí - declaró al diario británico-, es porque nos identificamos con Reino Unido y Europa en muchos aspectos... Cuando se trata de ciertos desafíos, estamos todos juntos en esto".
Sin embargo, el historial de Rogers contradice su tono conciliador. Conocida por sus publicaciones mordaces en redes sociales contra las políticas migratorias europeas y la regulación del discurso de odio, llegó a afirmar este año que Alemania había importado "hordas bárbaras de violadores".
Su indignación por la libertad de expresión en Europa contrasta cómicamente con las advertencias que hace la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF) sobre cómo el propio Trump se está convirtiendo en un depredador de ese mismo derecho. Mientras, el republicano sigue codeándose con regímenes autoritarios en los que no ve peligto alguno. En junio visitó Turkmenistán, uno de los países más opresivos del mundo, sin abrir la boca.
Este fervor intervencionista nace de la nueva derecha estadounidense, un ecosistema intelectual nutrido por laboratorios de ideas financiados por multimillonarios tecnológicos como Peter Thiel. Según Joshua Treviño, del America First Policy Institute, citado por el FT, los años de Biden dieron a los aliados de Trump un "descanso de medio tiempo" para desarrollar el núcleo intelectual del trumpismo. Treviño explica que los conservadores sienten el rumbo político de Europa como una "lesión moral" porque ven a Londres y a Bruselas como su fuente ancestral.
Dentro de este grupo, la derecha tecnológica alberga un resentimiento particular hacia la UE por sus intentos de regular a las Big Tech y sus multas multimillonarias. Infundidos por la filosofía de la "Ilustración Oscura" (que considera la democracia un obstáculo para el progreso y aboga por dirigir los Estados como corporaciones), ven a Europa como una advertencia de lo que podría ser EEUU, según el investigador Arnaud Miranda. Para otros, como Constanze Stelzenmüller de la Brookings Institution, la motivación es mucho más cínica: "Se trata de ganar dinero. No se trata de principios [...] se trata de beneficios", añaden los dos en el texto.
Esta cruzada también destila una hostilidad virulenta hacia las instituciones comunitarias. Kevin Roberts describió a la UE y a la Comisión Europea como "siniestras", "malvadas" y "horribles", acusándolas de usurpar la autodeterminación nacional. Yuram Hazony, teórico político clave de la nueva derecha, compara el choque transatlántico con una pelea entre hermanos, donde el hermano mayor interviene no por odio, sino por amor. Pero este "amor" se manifiesta apoyando a movimientos que, según Laura Field del Niskanen Center, se sienten "absolutamente cómodos con una islamofobia indignante".
De hecho, el MAGA ha apoyado a partidos como Alternativa para Alemania (AfD) basándose únicamente en su postura migratoria, ignorando que sus posiciones globales van en contra de los propios intereses de Estados Unidos. Es, como describe Field, una "caricatura infantil de Europa" basada en la absurda pretensión de que deben regresar a la patria para "reeducar a estos europeos inconstantes sobre sus propias raíces".
Atrapados en 'El Show de Truman'
Esta ofensiva estadounidense no es un simple roce diplomático; es una guerra cultural en toda regla que ha metido a la Unión Europea en su particular Show de Truman, con el Estados Unidos de Trump cómodamente sentado en la silla del director ejecutivo. Tal y como expone otro documento de análisis de Zerka para el ECFR, al igual que el personaje de Truman Burbank aceptaba la realidad del mundo artificial de Seahaven, los líderes europeos pasan sus días reaccionando a crisis que, en gran medida, no han creado ellos, sino que están guionizadas por Trump y sus aliados.
Esta guerra cultural se desarrolla en dos niveles profundamente interconectados. El escenario principal es el de la batalla ideológica. Frente a las cámaras, asistimos a batallas de alto voltaje sobre migración, clima, "cultura woke" y, muy especialmente, la libertad de expresión. J.D.Vance, el vicepresidente norteamericano, marcó el inicio de esta fase abierta durante su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en 2024, donde acusó a Europa de alejarse de los valores compartidos y dedicó amplios minutos a lamentar el "retroceso" de la libertad de expresión en el continente.
Las interferencias son continuas y descaradas enarbolando esa bandera. En Rumanía, un candidato anulado fue sustituido por George Simion, un autoproclamado aliado de Trump. En Irlanda, Trump respaldó la candidatura del luchador de artes marciales mixtas Conor McGregor. En Polonia, la intromisión fue aún mayor: Trump recibió en la Casa Blanca al candidato nacionalista Karol Nawrocki, mientras la secretaria de Seguridad Nacional de EEUU, Kristi Noem, condicionaba explícitamente el futuro apoyo militar estadounidense a una victoria de Nawrocki, quien finalmente ganó por un margen ínfimo. Todo esto es parte de un esfuerzo consciente para desplazar el centro de gravedad ideológico de Europa.
En esta narrativa, el Departamento de Estado, dirigido por Marco Rubio y apuntalado con figuras como Samuel Samson (el "joven diplomático que lidera la guerra cultural de Trump contra Europa", como lo define el New York Times), acusan abiertamente a la élite europea de ser un hervidero de censura digital y un peligro para el autogobierno democrático, reclamando "aliados civilizatorios en Europa". Elon Musk y Mark Zuckerberg actúan como arietes contra las regulaciones de moderación de contenido de la UE, vendiendo la narrativa de que la regulación es "censura".
Ayuda a todo ello el nuevo grupo en el Parlamento Europeo, Patriotas por Europa, impulsado por los partidos de la francesa Marine Le Pen (Agrupación Nacional) y el húngato Viktor Orbán (Fidesz), que utiliza precisamente este argumento, invitando a Musk a "dar lecciones a la UE".
La humillación y la anulación de la identidad
Pero la verdadera tragedia para Europa ocurre entre bastidores. Aquí, el objetivo de Trump no es solo imponer una ideología, sino arrebatarle a Europa su dignidad, su credibilidad y su identidad como actor global autónomo. MAGA retrata sistemáticamente a los europeos como ingenuos, dependientes y carentes de madurez estratégica. Esta humillación se ejerce mediante el chantaje económico y diplomático.
Uno de los mejores botones de muestra es el acuerdo comercial de 2025: Trump amenazó con aranceles del 30%, forzando a la Comisión Europea (CE) a aceptar un tope del 15% y prometer la compra de cientos de miles de millones de dólares en productos estadounidenses. La imagen imborrable de aquel momento fue la de la presidenta de la CE, la alemana Ursula von der Leyen, sonriendo junto a Trump en un campo de golf en Escocia, una instantánea que simbolizó una "Europa humillada", como dijo media prensa comunitaria, y reafirmó la percepción global de que la UE es vasalla de Washington.
El encarnizamiento diplomático continuó en la cumbre de la OTAN en La Haya, también el año pasado. Europa fue arrastrada a comprometer un 5% de su PIB en defensa. Se filtraron mensajes del secretario general de la Alianza, el neerlandés Mark Rutte, adulando servilmente a Trump y bromeando al llamarlo "papi" (daddy). En la cumbre de este año, en Ankara (Turquía), la alfombra roja siguió puesta para Trump, ese señor que incluso ha dicho en público que estudia irse de la Alianza porque no le encuentra rendimiento para sus intereses, transaccionales y cortoplacistas.
También en las negociaciones sobre Ucrania, Trump prefiere tratar directamente con Vladimir Putin, el presidente de la Rusia invasora, tratando a los líderes europeos como simples extras irritantes. Salvo honrosas excepciones -como Emmanuel Macron defendiendo la autonomía estratégica, el italiano Sergio Mattarella advirtiendo contra la "vasalización feliz", la danesa Mette Frederiksen resistiendo las ambiciones de Trump sobre Groenlandia o el español Pedro Sánchez logrando exenciones al 5% militar y plantándose ante los aranceles o a la guerra contra Irán-, la actitud general ha sido de seguidismo.
Esta estrategia de "adular, apaciguar y distraer", liderada por figuras como Rutte, es miope y peligrosa. Al no confrontar las humillaciones, Europa internaliza su subordinación, justificando la cruzada de Trump. Como señala el ECFR, la ideología y los intereses van de la mano: menospreciar la transición verde, el calentamiento climático y las turbinas eólicas favorece el gas de EEUU; socavar la unidad europea facilita los tratos bilaterales asimétricos, y desprestigiar la democracia europea deja a Washington como el único faro moral ante su propio electorado.
Hay esperanza
A pesar del desalentador panorama delineado por las crisis descritas, la pérdida tecnológica y el abrumador asedio de MAGA, hay motivos para la esperanza. Como subraya el citado dossier del ECFR, el "sentimiento europeo" sigue siendo notablemente fuerte entre los ciudadanos, especialmente entre los españoles. La confianza en la UE ha alcanzado niveles no vistos desde 2007, y mayorías abrumadoras reclaman que Europa sea un escudo frente a los riesgos globales.
Para salir de este laberinto de Truman, Europa necesita romper la cuarta pared, que la llaman. Y eso pasa, para empezar, por defender sin complejos los valores liberales: los partidos tradicionales y las instituciones comunitarias deben dejar de mimetizarse con la extrema derecha en un intento desesperado por retener votos, porque copiarles la agenda, acercarse a sus postulados y perder el norte lleva al desastre. Sólo legitima la xenofobia, la intolerancia y el desprecio por el Estado de derecho. Va muy en la línea del artículo de Iván Redondo, tan recomendado en las redes españolas, y que afirma: "El repliegue de la UE (...) es sinónimo de la capitulación de la vieja derecha".
Europa, en cambio, debe reapropiarse de conceptos como patriotismo y soberanía para fortalecer el bloque y hacerlo con la voluntad de resolver los problemas reales de la gente, como se está viendo en corrientes más progresistas de EEUU. Habla Redondo de la necesidad que tiene Europa de "nuevas élites democráticas" como alternativa, que tengan claros los valores y la necesidad de mantenerlos. "El paso de ser el último mohicano a transformarte en el primero de los nuevos es sólo ganar unas elecciones", apunta.
El ECFR también ve importante dejar de confundir adulación con estrategia: los líderes nacionales deben abandonar la fantasía de que pueden apaciguar a Trump porque sí. Deben asumir la responsabilidad de su propia seguridad, invertir en defensa e innovación, y dejar de usar a Bruselas como chivo expiatorio de sus miedos domésticos, que es muy recurrente y hasta facilón. Igualmente, anima a los Veintisiete a utilizar el arsenal institucional sin miedo, con la Comisión Europea ejerciendo sus competencias, que para eso las tiene.
¿Dónde las puede aplicar? Pues desplegando, por ejemplo, la Ley de Servicios Digitales (DSA) para defender su visión de internet, como ya hizo al sancionar a Google, ignorando el miedo a las represalias de Trump. También ha de postar por la cultura como defensa, con iniciativas como el Escudo de la Democracia Europea o el inminente Culture Compass, bien dotados de fondos. La cultura debe tratarse como el activo geopolítico clave para mantener unidos a los europeos frente a los intentos externos de fractura. Incluso la nueva derecha europea debería tomar nota: ser el sirviente casi de Trump no les eximirá de los aranceles ni de la ruina económica.
Únicamente a través de la Unión Europea podrán proteger la prosperidad y la soberanía de sus propios países, de los socios del club comunitario. Zerka recuerda que, al final de The Truman Show, el protagonista estrella su barco contra los confines de su realidad artificial, mientras sus jefes lo amenazan diciendo que no tendrá futuro. Pero él avanza. Sale a lo desconocido. Europa se encuentra hoy frente a esa misma puerta, viene a decir. Mientras haya voluntad de cruzar esa puerta, la esencia de Europa seguirá intacta. Y un recordatorio: si no estás en la mesa, estás en el menú.