Ni parece un lunes ni siquiera una tarde de verano. Al cruzar la oscura puerta del Cineclub 113, iluminada en neón rojo, los cinéfilos se convierten en clubbers suspendidos en algún momento de una madrugada más propia del fin de semana (alguno parece haberlo estirado, cual personaje de Irvine Welshde reafter). En La 3, único espacio al aire libre de la Sala Apolo, DJ Phran pincha un techno duro con ritmos tropicales. Nada de chillout de atardecer: esto parece una sesión del extrarradio de Caracas o una de esas raves en las azoteas de los años 90 y primeros 2000, que es lo que se pretende.
El In-Edit, el festival de documentales musicales que nació en Barcelona en 2003, se adelanta a sus fechas de octubre con un nuevo formato: un Cineclub a la fresca con un DJ como maestro de ceremonias. Nadie mejor que Fran Mejía, venezolano afincado en España, donde adoptó el alias de DJ Phran, para dar la bienvenida a Esto es Raptor House, un filme de Roberto López sobre la historia del techno-house caribeño que se gestó en las matinées de la periferia de Caracas, entre cedés piratas y disturbios.
Raptor House no fue un club o un lugar, sino un tipo de música que nació de la calle, con tempos rápidos (140 BPM y más: de ahí su nombre, un guiño al Velociráptor), sintetizadores, samples de hits globales y energía tropical. Coincidió con la llegada de Hugo Chávez al poder, aunque los músicos trataban de distanciarse de la política (en el documental ni se nombra). Pero si Raptor House tiene un nombre propio ese es el de Pedro Elías Corro: DJ Babatr, que empezó la movida electrónica caraqueña en una época especialmente dura, de una gran desigualdad social, drogas y delincuencia.
Pero antes de encontrarnos con Baba (así le llaman los colegas), DJ Phran ya remezcla algunos de sus temas como Chumanenga, de una electrónica frenética, con sensación de techno tribal y sabor caribeño. La pista, escueta e íntima, ocupa el lateral izquierdo de la sala, mientras que en el patio al aire libre se ha dispuesto una gran pantalla y sillas plegables para la platea casera. Que nadie espere palomitas: lo que se lleva son los helados rojos en forma de A de Apolo (a cuatro euros en el Kiosko, donde se venden snacks, chicles, desodorante, etc.). Y mucho abanico.
Después de dos horas, DJ Phran termina su sesión cuando anochece (a las 21.30h) y el público se pone en modo cine de verano. Bajan las revoluciones y las pulsaciones. Como si fuera un cineforum de los de antes, muy del siglo XX, aquí se puede beber y fumar, incluso hablar en voz baja e ir comentando la película. Hasta DJ Babatr, desde la gran pantalla, parece de la familia (ya le hemos bailado), sobre todo cuando va de visita a la casa de su abuela Tirsa, en los bloques del barrio de Pretoria donde creció. La yaya que le cantaba mientras le preparaba la merienda de niño define el raptor house así: «Esta música es puro pum pum pum». Sí, señora. Un pum pum pum que ha llegado a los grandes clubes y festivales del mundo, incluido el Primavera Sound: hay cierto alborozo en las sillas cada vez que aparece Barcelona en pantalla.
De los Gabbers al italodisco, cada lunes de agosto toca cineclub. Y para cerrar el ciclo el 31 de agosto: un homenaje a la historia patria con MaQKina, el documental para volver a Chasis, Scorpia o Pont Aeri. El Apolo pone el club y el In-Edit el cine.