Pavel Talankin era profesor y videógrafo en una escuela rusa de Karabash, una pequeña ciudad minera de los Urales, cuando la invasión de Ucrania convirtió también las aulas en frente de propaganda. Su trabajo consistía, entre otras cosas, en grabar actos escolares y actividades patrióticas para demostrar ante las autoridades que el centro cumplía las nuevas directrices del Kremlin. Con ese acceso cotidiano, Talankin acabó filmando desde dentro la transformación de una escuela rusa en una maquinaria de adoctrinamiento infantil. El resultado fue Mr. Nobody Against Putin, codirigida con David Borenstein, una película que nació casi como un archivo clandestino de la obediencia y terminó ganando el Oscar al mejor documental. Su éxito internacional tuvo un precio inmediato: ya fuera de Rusia, el régimen lo declaró "agente extranjero" y un tribunal prohibió la difusión de la película en el país por ofrecer una imagen negativa del Gobierno ruso y de la llamada "operación militar especial". Talankin estuvo la semana pasada en Valencia para recibir el Premi Pau i Justícia 2026 del Humans Fest: "Putin fabrica casos penales mediáticos para que todo el país vea lo que ocurre si alguien habla"
- ¿La gente en Rusia cree la propaganda o simplemente finge creerla?
- Hay personas que creen en la propaganda y hay personas que hacen todo lo que viene del ministerio porque tienen miedo de hacer lo contrario. Me parece que la proporción puede estar ahora en torno a un 40% cree y un 60% que no cree. Conozco gente que votó por Putin, pero está en contra de la guerra. Incluso existen personas así. Un profesor vio la película y dijo que la propaganda funciona así: primero se convierte en una rutina, después en cultura, en parte de la vida, y luego se convierte en una jaula de la que ya no es posible salir. Me parece una descripción muy precisa: al principio haces algo casi sin querer, luego te acostumbras y lo haces automáticamente. Y después se convierte en una jaula de la que es imposible salir. En la película, por ejemplo, hay un monólogo de mi madre en el que dice: "Siempre ha sido así, cálmate". Esa es precisamente la jaula. Hay una romantización de la guerra dentro de la escuela. Y, por desgracia, funciona. En 2023 dimitieron 193.000 profesores de las escuelas rusas. Conozco a muchas personas que se fueron precisamente porque no estaban dispuestas a transmitir propaganda, no estaban dispuestas a blanquear al régimen. Claro que en las grandes ciudades puedes encontrar una alternativa a tu trabajo, pero en pueblos pequeños como Karabash una persona queda como rehén.
- En España también tenemos una historia complicada. ¿Por qué se utiliza tan fácilmente el pasado soviético para justificar la guerra?
- En los años 90 se perdió la única ocasión en la que era posible trabajar sobre los errores, la única ocasión en la que se podía apartar del poder a quienes habían ocupado cargos bajo el comunismo. Eso no se resolvió. Y, por desgracia, volvimos al punto de partida. Rusia regresó a 1937 [el año de las purgas estalinistas]. Cómo terminará todo esto después, no lo sabemos. Hay muchas historias en Rusia de personas condenadas por publicaciones en Telegram o en [la red social rusa] VKontakte. Simplemente escribían su opinión y por eso recibieron una condena real bajo un artículo político. Hay personas que han recibido incluso siete años de prisión por publicaciones en VKontakte. También hay un caso escandaloso de niños encarcelados por jugar a Minecraft. Construyeron en Minecraft el edificio de la Lubyanka, el edificio del KGB, del FSB en Moscú, colocaron explosivos allí y recibieron una condena por eso. Fueron acusados de terrorismo. Es una pesadilla, y tiene un carácter ejemplar. Hace poco vi una comparación entre la política de Stalin y la de Putin. Tanto uno como otro saben cómo intimidar a la población y organizan sus gulags. Pero durante Stalin no existía internet, y por eso tenía que meter a alguien en la cárcel en casi cada edificio para que los demás tuvieran miedo. Putin lo hace de otra manera: fabrica casos penales muy mediáticos, que se dispersan por internet. La gente se entera y tiene miedo de decir algo. Y realmente no puede hacerlo.
"Los rusos no tuvieron tiempo de salir de la jaula propagandística de la URSS y entraron en otra"
- ¿Qué le sorprendió más de las reacciones en Rusia tras la película, por ejemplo en su ciudad?
- Es muy bueno que la película despierte ciertos sentimientos en una persona, positivos o negativos. Me gustaría que esta película fuera la novia en cada boda, el muerto en cada funeral y el recién nacido en cada bautizo. No necesito nada más. Hay reacciones de profesores que dicen: "Vimos tu película y en algún momento sentí vergüenza de formar parte también de este sistema". Son comentarios muy fuertes. Hay comentarios de padres que dicen: "Sí, sabíamos que existían esas clases, pero no conocíamos el contenido. Nadie nos dijo que ahora se iba a hablar de esto. Gracias por mostrarlo". También hay comentarios de estudiantes que escriben diciendo que todo eso está ocurriendo en su país. "Yo pensaba igual que tú. Pensaba que estaba solo". Los profesores no hablaron mucho, porque después del estreno de la película les dijeron que callaran, que no hicieran comentarios. Llegaron agentes del FSB y dijeron: esta persona no estuvo aquí y no está aquí; no comentéis nada, no llaméis, no digáis nada. Ocurrió que profesores que dejaron el colegio me llamaron y me dijeron: ahora sí podemos llamarte, ahora sí podemos hablar contigo. Mientras trabajaban allí, prácticamente tenían la orden de no hablar del tema de ninguna manera. Una profesora me dijo que yo había manchado el nombre de la figura del maestro. Le pregunté: ¿de qué manera? Y ella me dijo: bueno, ahí está, esta profesora no sabe pronunciar las palabras "desnazificación" y "desmilitarización". Yo le respondí: ¿Y por qué tendría que conocer esas palabras? ¿Por qué deberían estar en su vocabulario? Son palabras para academias militares, para ese mundo, pero desde luego no para profesores.
- ¿Hay una salida a todo esto?
- Espero que la gente, en sus cocinas, esté hablando de algo completamente diferente. Vienen al trabajo y dicen una cosa, pero luego llegan a casa, se sientan a cenar y hablan de política desde el punto de vista de la oposición. Cuando caiga el régimen, saldremos a las plazas y lanzaremos fuegos artificiales. Pero necesitamos que la gente venga a ver esos fuegos artificiales, o al menos que mire por la ventana. Porque sin gente nada funcionará.