Deportes

La metáfora de los aviones de papel que provocaron el suspendo del partido del Rayo Vallecano: "La lucha seguirá hasta el final"

La metáfora de los aviones de papel que provocaron el suspendo del partido del Rayo Vallecano: "La lucha seguirá hasta el final"

Hacía 146 días que el Rayo Vallecano no jugaba un partido oficial en su estadio. El último fue el 17 de mayo contra el Villarreal, es decir, la temporada pasada. Ayer, Beñat San José pudo saborear el calor de Vallecas, aunque esta vez no fue el que se suele sentir en un estadio que apoya a su equipo por encima de todo. Ese calor se convirtió en un infierno.

Corría el minuto 13 en el nuevo marcador del estadio más polémico de LaLiga cuando la afición estalló. La grada estalló por los aires, ese mismo que guió los aviones de papel que los rayistas habían preparado como símbolo de protesta contra la gestión de Raúl Martín Presa y que acabaron tiñendo de blanco parte del césped, el motivo por el que Sánchez Martínez acabó suspendiendo el encuentro entre el Rayo y el Athletic Club.

Son 15 años los que lleva el club en manos de su presidente. Quince años lleva la afición denunciando el abandono, ya no solo del estadio, sino también de la ciudad deportiva, de los propios aficionados y, sobre todo, de los valores que defienden los rayistas y todo el barrio de Vallecas. «Necesitamos que se vaya este hombre de la presidencia del Rayo. No puede seguir ni un minuto más al cargo», comentaba un socio del equipo a EL MUNDO.

El pasado julio, con la retirada de la concesión del Estadio de Vallecas por parte de la Comunidad de Madrid, la afición dijo «basta». La Comunidad exigía unas condiciones salubres. Siguen sin tenerlas. «El baño de las mujeres del fondo tiene cuatro palmos de agua, es imposible entrar», explicaba una aficionada ayer. El primer partido que se jugaba en Vallecas después de 20 semanas no se jugó, pero la afición, tanto la local como la visitante, respaldó la protesta. «Hemos apoyado la protesta. Cuando no estás de acuerdo con algo, hay que reivindicarlo. Para mí, la voz siempre la va a tener la gente del barrio, no el presidente. Y más en un club como el Rayo», explicaba Mikel, aficionado del Athletic Club que se había desplazado a propósito desde Bilbao hasta Madrid para ver el partido.

Habrá quien piense que los aficionados visitantes podrían estar molestos, enfadados con los rayistas por paralizar el partido. Todo lo contrario. «Empatizamos con ellos. Si no protestas, no consigues nada», continuaba Egoitz, el hijo de Mikel. Ambos entendían la indignación de los aficionados. Alfredo, con la camiseta del Athletic, también: «La pena es que hemos venido con seis niños que no entienden por qué no han podido ver el partido, pero este es el camino para acabar consiguiendo la dignidad que merece una afición de Primera División».

Con la situación que se desencadenó ayer, el Rayo parece haber tocado fondo. Parece que todo ha saltado por los aires ahora, pero, en realidad, lleva tiempo prendiéndose una mecha a la que ya no le queda más recorrido. «En algún momento había que decir basta y lo que ha pasado hoy va a tener repercusión. Que LaLiga no pueda retransmitir un partido significa que hemos tocado un punto que duele», comentaba un socio, quien explicaba que el Rayo lo es todo para él. Desembolsó más de 5.000 euros para acompañar a su equipo por Europa la temporada pasada. «Lo volvería a hacer», confesaba.

No faltó el comunicado de la directiva del Rayo Vallecano, señalando «a las personas situadas en el fondo». «No se trata de hechos fortuitos u ocasionales, sino de actuaciones previamente ideadas y planificadas por los líderes intelectuales de un grupo organizado, y posteriormente ejecutadas hoy por los miembros de dicho grupo, con la única finalidad de detener el encuentro hasta provocar su suspensión, como finalmente ha sucedido», declaraba el club. La realidad es que, personas externas a ese «grupo organizado», aficionados de a pie, del barrio, de toda la vida, con más de 40 años de socio, apoyaron esa reivindicación.

El Rayo no es un equipo cualquiera ni tiene una afición cualquiera. El Rayo no es solo fútbol: también representa el arraigo al barrio y la identidad colectiva de una parte de Madrid que, quizás, es diferente al resto. Armando lo explicaba entre lágrimas. Es socio desde que su padre, fallecido en 2006, le unió al club en 1985. «Mis vacaciones pasaron de ser diez días a siete por poder pagar el abono, que cuesta 590 euros. Soy de Vallecas y siento los colores, pero la persona que gestiona mi club, mi vida, se quiere lucrar con él y eso no es admisible».

Vallecas ha saltado por los aires. La metáfora han sido unos aviones de papel que han invadido el campo, pero la realidad es la de una afición que no puede más. Ayer, el partido se detuvo en el minuto 13, pero, con un equipo maniatado por aquellos que dan la vida por él, el mensaje de los rayistas es claro: «La lucha seguirá hasta el final. El Rayo es vallecano o no es».


Puede que te hayas perdido